sábado, diciembre 17, 2005

VIAJE A TENERIFE Y LA GOMERA




Tenerife, agosto 2005.
No sólo por lo bien que nos fue la estancia en la isla; no sólo por lo bien que nos fue el trayecto, ida y vuelta, con aquella emoción contenida del primer vuelo para algunos, o aquellas estrañas formas geométricas atisbadas desde el cielo, ni por la novedad de sentirnos flotar sobre nubes de algodón; no sólo por las sensacionales comidas y cenas en lugares tan pintorescos y con tanta armonía y sano cachondeo -yo se un restaurante de Santa Cruz donde tardarán en olvidarnos- ; no sólo por las inolvidables veladas de Jazz y por la canción que nos dedicaron; no sólo por aquel día en la playa de arena negra y aguas calmas, bajo las hamacas empalmadas; no sólo por el viaje a la Gomera o el de Teide Chicharrera, ni por aquel guía tan simpático que nos tocó soportar; no sólo por eso, el viaje mereció la pena por la inquebrantable voluntad que todos pusimos para que se hiciera. Acaso no es eso la amistad: una inquebrantable determinación de ser y estar.

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